- El sol bajo del otoño y el invierno incrementa el riesgo de deslumbramiento durante el amanecer y el atardecer, especialmente con el parabrisas sucio.
- Unas ópticas envejecidas pueden perder hasta un 50% de su eficacia lumínica, reduciendo la distancia a la que somos capaces de detectar un obstáculo.
- Regular correctamente los faros, mantener limpio el parabrisas y revisar bombillas y escobillas resulta especialmente importante con la llegada del horario de invierno.
El reloj ha retrocedido una hora en esta pasada noche y para quienes pasan innumerables horas en la carretera, el cambio se nota. Las mismas rutas que hasta ahora hacíamos con luz pueden empezar a coincidir con el atardecer o directamente con la noche, mientras que los desplazamientos de primera hora se enfrentan con mayor frecuencia a un sol muy bajo que incide casi de frente sobre el parabrisas.
El cambio al horario de invierno no reduce las horas de luz que tiene el día, pero sí modifica su relación con nuestros horarios cotidianos. La consecuencia es que los desplazamientos de entrada y salida del trabajo pasan a coincidir con algunas de las condiciones más delicadas para la vista: luz rasante, fuertes contrastes y más kilómetros recorridos de noche.
Cualquier pérdida de visibilidad reduce el margen disponible para detectar un peatón, interpretar correctamente una curva o anticipar una frenada. La llegada del invierno convierte, por tanto, el estado de los faros y el parabrisas en algo bastante más importante que una simple cuestión de mantenimiento.
Visibilidad nula por el sol
Uno de los momentos más problemáticos aparece cuando el sol está próximo al horizonte. Durante el otoño y el invierno sus rayos llegan con un ángulo muy bajo y pueden entrar directamente en el campo de visión del conductor. Si el parabrisas está limpio, el parasol y unas buenas gafas de sol pueden ayudar a controlar la situación. Cuando la luna acumula polvo, grasa, restos de insectos o suciedad interior, el problema se multiplica.
La luz se dispersa sobre esas partículas y genera reflejos que pueden convertir durante unos segundos el parabrisas en una superficie prácticamente cegadora. En esas condiciones resulta mucho más difícil distinguir peatones, ciclistas o vehículos que circulan en zonas de sombra, precisamente cuando la capacidad de reacción es más necesaria.
Conviene también reducir la velocidad y aumentar la distancia de seguridad cuando el sol incide directamente sobre el conductor. Poder ver menos obliga, sencillamente, a disponer de más tiempo para reaccionar.
Los faros envejecen…
La llegada de la noche antes de lo habitual deja al descubierto otra cuestión que durante el verano puede pasar más desapercibida: no todos los sistemas de iluminación mantienen con los años el mismo rendimiento que tenían cuando el coche era nuevo.
Las ópticas fabricadas en policarbonato están expuestas permanentemente a radiación solar, lluvia, cambios de temperatura y suciedad. Con el tiempo pueden amarillear o perder transparencia. Según la información facilitada para elaborar estos consejos junto a Norauto, una óptica deteriorada puede llegar a reducir hasta un 50% la eficacia de la iluminación.
El problema no consiste únicamente en ver una luz algo menos intensa. Si el haz alcanza menos distancia, también disminuye el espacio disponible para identificar un obstáculo y actuar antes de llegar hasta él. Por eso merece la pena comprobar periódicamente el estado exterior de los faros. Cuando presentan una superficie blanquecina u opaca, el pulido puede recuperar buena parte de su transparencia sin necesidad de sustituir el conjunto completo.
… y su altura es determinante
El reglaje de los faros determina hacia dónde se proyecta el haz. Si apunta demasiado bajo, el conductor pierde distancia de visión. Si lo hace demasiado alto, puede deslumbrar a quienes circulan en sentido contrario. Es una revisión sencilla, pero adquiere especial relevancia en una época en la que aumentan los desplazamientos nocturnos.
También conviene comprobar que todas las luces funcionan y que no existe una diferencia evidente de intensidad entre ambos lados del vehículo. En vehículos que utilizan bombillas reemplazables, sustituirlas por parejas evita que una nueva conviva con otra próxima al final de su vida útil y genere una iluminación desequilibrada.
El parabrisas, siempre limpio
De nada sirve llevar un sistema de iluminación en perfecto estado, si la superficie que tenemos delante no está limpia. La suciedad interior del parabrisas suele pasar inadvertida durante el día, pero aparece con claridad cuando recibe de frente los faros de otro vehículo. Polvo, humedad y grasa generan halos alrededor de las fuentes de luz que reducen el contraste de la carretera.
Algo parecido ocurre con las escobillas. Si están desgastadas, pueden dejar zonas sin limpiar o extender el agua sobre el cristal en lugar de retirarla. Mantener la luna limpia tanto por dentro como por fuera y revisar el estado de las escobillas evita que la lluvia, la condensación o la suciedad amplifiquen los deslumbramientos provocados por el sol y por otros vehículos.
El cambio de hora dura apenas unos segundos. La adaptación al nuevo escenario de conducción, en cambio, se prolongará durante varios meses.
El verdadero problema no está en que anochezca “antes”, sino en que una parte considerable de nuestros desplazamientos vuelve a realizarse en las condiciones en las que más necesitamos ver y ser vistos. Y ahí un faro deteriorado, una óptica mal regulada o un parabrisas sucio pueden marcar una diferencia mucho mayor de la que percibimos cuando arrancamos el coche.
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No era la idea inicial pero las cuatro ruedas se cruzaron en mi camino periodístico y desde entonces no he parado de disfrutar al volante. Enamorado del sonido de algunos motores, hoy por hoy vivo con sorpresa y emoción el camino electrificado que está tomando el sector.

















