“Mi padre tiene un coche americano”, me decía mi amigo Jandri mientras montábamos en bicicleta por las calles de Riaza, un pueblo segoviano en el que solíamos veranear. Cuando vi aquel Dodge Dart inmenso en el que toda su familia había llegado a su casa de veraneo me quedé impresionado y comprendí entonces que todo lo americano era extraordinario.

Ya por aquel entonces estábamos invadidos de películas americanas en las que los “buenos” eran siempre ellos, bien luchando contra los rebeldes Apaches, o contra los crueles japoneses o alemanes. Pero siempre poniendo por delante la libertad y la democracia como bandera para la salvaguarda del mundo.

Además, y por si fuera poco, nos alegraban las tardes con películas musicales en las que veíamos bailar rock y enamorarse a los protagonistas. Veíamos los grandes rascacielos, el tráfico, el gran movimiento en el que los neoyorquinos eran el símbolo de América, y daban la sensación de ser el motor del mundo. Eran para los más jóvenes el ejemplo de lo que los españoles debíamos conseguir.

Aun recuerdo que los productos americanos eran siempre lo más apreciados. Desde sus cigarrillos, símbolo de la libertad montada a caballo, sus pantalones vaqueros, hechos con el mejor algodón, o sus coches, hechos con los mejores motores que se pudieran fabricar en el mundo. 

“Es que es americano”, nos solíamos decir los unos a los otros para destacar la calidad del producto, y sobre todo de presumir ante los demás por poseerlo. Daba igual lo que fuera con tal de que fuera americano. Y el que tenía a un amigo que había ido a los Estados Unidos de América tenía un tesoro. Porque además de poder encargarle unos pantalones vaqueros, podía contar lo que el otro había visto en el país de los sueños. El país del sueño americano.

Pocos años más tarde, cuando la información fue un poco más libre y nos dimos cuenta de que los indios apaches, los alemanes, los japoneses y los rusos ya no eran tan malos como los pintaban, algo empezó a cambiar en la percepción de lo americano.

Los cigarrillos mataban de cáncer, los vaqueros americanos se fabricaban en China, y además me enteré de que el coche americano, el Dodge Dart de mi amigo Jandri se había fabricado en la Barreiros española.

El mito americano comenzaba a caer. Un actor se hacía presidente de los Estados Unidos, después un rico petrolero hacía y deshacía en el mundo para conseguir un buen negocio. Algo estaba cambiando que derrumbaba por momentos al héroe americano que nos salvaba de la destrucción del mundo; primero en la Segunda Guerra Mundial y después en tantas y tantas películas de Hollywood que alegraban nuestras tardes de fin de semana frente al televisor. 

El Capitolio, símbolo caído de la democracia

Hace poco más de cuatro años tuve la ocasión de visitar Washington y pasear desde La Casa Blanca hasta el monumento a Lincoln, y desde éste hasta el Capitolio, donde pocos meses más tarde Trump tomaría posesión de su cargo de presidente de Estados Unidos. A pesar de todo lo visto y leído durante estos últimos años, el Capitolio me seguía pareciendo el símbolo de la democracia y de la libertad mundial.

Sin embargo, ayer todo se derrumbó ante mí cuando vi en el televisor las imágenes del asalto al Capitolio. No se trataba de una película en la que los extraterrestres o los rusos atentaban contra la humanidad. Eran miles de personas con banderas, disfraces militares y teléfonos móviles, alentados por un magnate demente que llegó a ser presidente por obra y gracia de la libertad de elección. 

No está cayendo solo la credibilidad de los Estados Unidos de América. Está cayendo el símbolo de la libertad y la democracia mundial. Al menos lo que nos transmitieron a través de su cine, de sus cigarrillos y de sus coches. 

Es sin duda un momento de inflexión, un momento de cambio que debemos aprovechar. Tal vez sea un antes y un después en la forma de mejorar: Energía Renovable, Medio Ambiente, Ropa Ecológica, Comida sin Aditivos, Vehículos Eléctricos, Inteligencia Artificial, Genoma Humano… y RESPETO, sobre todas las cosas.

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