Al cine… en coche eléctrico

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Aprovechando la oferta del cine de los miércoles me voy con la familia a disfrutar de esa película que dejé sin ver en las navidades. Tengo el coche eléctrico con las baterías a tope. Amanece…

… Como quiero verla en una pantalla grande y en 3D elijo una sala que me gusta y que se encuentra a 30 kilómetros de mi casa. Delante del ordenador selecciono las butacas para todos y las pago con la tarjeta de crédito. Inmediatamente llegan al móvil las entradas con su código y su localizador. 

Ahora voy a reservar la “butaca” para el coche eléctrico. Aunque tendrá, casi seguro, suficiente autonomía, reservaré una plaza de aparcamiento con punto de recarga en el centro comercial en el que se encuentra el cine. Entro en la aplicación de gestión, compruebo la disponibilidad y la compatibilidad con mi coche y reservo mi recarga durante las 3 horas que permaneceré en el recinto. La propia aplicación me indica el coste de la recarga de los 10 kWh  que suministrará y con los que recuperaré aproximadamente 70 kilómetros de autonomía. A media tarde uno de los familiares me llama para decirme que su ruidoso coche de combustión le ha dejado tirado y que si le puedo recoger. No hay problema. Esto incrementa en aproximadamente otros 15 kilómetros la distancia al cine. 

Como uso el coche para trabajar cuando vuelva a mediodía no podré cargar y saldré de casa con 100 kilómetros de autonomía. Consumiré 45 en todo el recorrido. Recuperaré con la recarga 70, con lo que saldré del cine con 125 km de autonomía y llegaré a casa con 80 km que me permitirían incluso no tener que recargar en casa durante esa noche. Todo correcto y listo para disfrutar de una gran tarde de cine y sostenibilidad. 

¿Os ha parecido ciencia ficción? 

… Como quiero verla en una pantalla grande y en 3D elijo una sala que me gusta y que se encuentra a 30 kilómetros de mi casa. Delante del ordenador selecciono las butacas para todos y las pago con la tarjeta de crédito. Inmediatamente llegan al móvil las entradas con su código y su localizador. 

Ahora voy a reservar la “butaca” para el coche eléctrico. Aunque tendrá, casi seguro, suficiente autonomía, voy a comprobar si hay algún punto de recarga en el centro comercial en el que se encuentra el cine. Por fortuna hay dos. Pero no tengo más información sobre ellos salvo una simple foto del suelo pintado de azul y unas banderitas. Llamo por teléfono y cuando por fin consigo comunicar allí nada saben de estos puntos. Me dicen que pregunte en el hipermercado que los instaló que ellos son del centro comercial y que estoy haciendo preguntas muy difíciles. El agente de seguridad, después de preguntar “¿recarga de qué?” se da cuenta de que los son y me dice que sí funcionan. Pero tengo que volver antes de cerrar la tienda porque tienen que ser ellos los que lo desconecten y  que no van a salir más tarde por mi culpa. Le pregunto qué tipo de conexión tienen. Ni  idea. A media tarde uno de los familiares me llama para decirme que su ruidoso coche de combustión le ha dejado tirado y que si le puedo recoger. ¿No hay problema? Esto incrementa en aproximadamente otros 15 kilómetros la distancia al cine. 

Como uso el coche para trabajar cuando vuelva a mediodía no podré cargar y saldré de casa con 100 kilómetros de autonomía. Consumiré 45 en todo el recorrido. ¿Recuperaré con la recarga? ¿Cuánto? Si algo fallase dispondré de 55 kilómetros de autonomía para hacer un recorrido de 45. Llegaría con 10 kilómetros y los nervios destrozados. Tengo dos opciones, o no voy al cine, o contamino consumiendo gasolina y gastando dinero. Me arriesgo. Conduciré con cuidado. Seguro que podré cargar. 

Hasta el centro comercial todo va según los planes. Conducción económica y sin calefacción. Llegamos al cine deseando notar el calorcito de la sala. Localizo los puntos de recarga gracias a la foto. Uno de ellos está ocupado por un Golf. No sabía que ya vendían el eléctrico…  Aparco en el otro y me dirijo a atención al cliente. Allí tienen la tarjeta de recarga pero ni idea de cómo funciona (ni ganas de aprenderlo). El vigilante de seguridad tampoco, pero me acompaña. Muy amablemente me dice que nadie sabe mucho porque pocos coches han recargado aquí. Pasa la tarjeta, desbloquea el conector y me encuentro con un schuko. Saco el cable correspondiente y hago las conexiones. No carga. El conector está bien colocado pero el poste no lo reconoce. El coche sí indica que está enchufado pero no se produce la recarga. Probamos en el otro poste. Lo mismo. Y no hay ningún más en la zona. Mi gozo en un pozo. No tendré recarga. ¿Podré volver? Se me atragantan las palomitas  y la película es un bodrio. La vuelta va a ser toda una aventura… 

Nota: Este relato tiene parte de verdad y parte de ficción…. ¿adivinas cuáles corresponden a cada una? 

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Gonzalo García Martínez 

Movilidadelectrica.com

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